Un buen discurso no es suficiente
Actualizado: 21 sept
Oratoria, autoridad moral, conciencia y formación política
Con motivo del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, el senador Ricardo Anaya realizó, desde su curul en el Senado de la República, una intervención en respuesta a lo expresado por la titular del Ejecutivo. Su participación quedó registrada en video.
Días después, un amigo me compartió aquella grabación y me hizo una pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué opinas?
Vi el video completo, después decidí escucharlo nuevamente. Mi primera impresión fue clara: es un gran discurso —respondí vía WhatsApp— Ricardo Anaya es, sin duda, un excelente orador.
Pero inmediatamente agregué algo que me parecía más importante: el mismo discurso, pronunciado por una persona con mayor autoridad moral, podría generar un impacto extraordinario, incluso podría contribuir a una verdadera revolución de conciencias.
Aquella respuesta abrió una conversación que terminó llevándome mucho más lejos que el video que la había originado; porque una cosa es reconocer la capacidad de un político para construir y pronunciar un discurso, y otra muy distinta concederle razón en todo lo que afirma.
Podemos reconocer una virtud en quien piensa distinto sin renunciar a nuestras convicciones, podemos escuchar al adversario sin convertirnos en sus seguidores, podemos incluso aprender de él. Eso también es pensamiento crítico.
Nota para el lector: La intervención del senador Ricardo Anaya que dio origen a esta reflexión puede consultarse en el video que acompaña esta publicación. Lo comparto como material de contexto para que cada lector pueda escucharlo directamente y construir su propia valoración. Este texto no pretende verificar o refutar cada cifra, afirmación o acusación formulada durante su intervención; hacerlo requeriría otro ejercicio de análisis y contraste de evidencia. Mi interés aquí es reflexionar sobre las preguntas que aquel discurso y la conversación posterior provocaron en torno a la palabra política, la autoridad moral, la conciencia y la formación de quienes participan en la vida pública.
La palabra y el poder
Ricardo Anaya conoce la tribuna. Sabe construir una premisa, identificar contradicciones, utilizar los argumentos del adversario y conducir a quienes lo escuchan hacia una conclusión.
En aquella intervención toma como punto de partida tres expresiones estrechamente vinculadas con el discurso político de Morena: “No mentir, no robar y no traicionar al pueblo.”
A partir de ellas construye buena parte de su crítica. Cuestiona, entre otros asuntos, cifras relacionadas con la violencia y su clasificación, plantea revisar metodologías oficiales, introduce la discusión sobre los límites entre regulación y censura y propone investigar mediante una comisión plural el denominado huachicol fiscal.
No pretendo determinar aquí si cada uno de esos señalamientos es correcto, para hacerlo habría que revisar datos, documentos, metodologías y argumentos de las distintas partes; me interesa otra cosa.
Anaya toma principios proclamados por el propio movimiento gobernante y los utiliza como parámetro para cuestionarlo, retóricamente, es un recurso poderoso.
Mientras lo escuchaba pensé en la larga tradición que, desde la antigüedad, convirtió a la palabra en una de las grandes herramientas de la vida pública. La retórica clásica nos ayuda incluso a comprender por qué algunos discursos resultan más persuasivos que otros: importa el logos, aquello que se argumenta; importa el pathos, la capacidad de conectar con quien escucha; pero también importa el ethos, es decir, la credibilidad de quien habla.
Y fue precisamente esta última dimensión la que despertó en mí una pregunta: ¿Basta con tener razón en una denuncia para poseer autoridad moral para formularla? creo que no necesariamente.
La verdad y la autoridad moral
Aquí conviene distinguir dos cosas.
La credibilidad de una persona no determina la verdad de una afirmación. Si un dato es verdadero, no deja de serlo porque quien lo pronuncia tenga una trayectoria cuestionada. Del mismo modo, una persona con enorme autoridad moral puede equivocarse.
La verdad de una afirmación depende de la evidencia que la sustenta, no de la virtud de quien la pronuncia.
Pero la política incorpora otra dimensión.
Una cosa es tener un argumento verdadero, otra es poseer la credibilidad necesaria para convertir esa palabra en confianza, conciencia y eventualmente acción colectiva. Ahí aparece la autoridad moral.
Por eso, mientras escuchaba a Anaya exigir al gobierno congruencia con sus propios principios, pensé que su discurso podía conducir a un ejercicio todavía más poderoso: aplicar primero hacia uno mismo el estándar que se utiliza para juzgar al adversario.
Si yo hubiera asesorado ese discurso
Eso fue, en esencia, lo que intenté explicarle a mi amigo: si hubiera tenido la responsabilidad de asesorar aquella intervención, no habría recomendado abandonar las críticas ni las propuestas; habría sugerido algo previo.
Antes de exigir al gobierno que se mirara frente al espejo de sus contradicciones, habría recomendado al orador hacer exactamente lo mismo, mirar hacia atrás. Revisar su propia trayectoria, reconocer errores y contradicciones, asumir aquello que corresponda de una vida política desarrollada dentro del mismo sistema que ahora cuestiona desde la tribuna. Y, cuando existieran responsabilidades que reconocer, tener la capacidad de hacerlo públicamente; incluso pedir perdón cuando corresponda, no como estrategia electoral, no como recurso retórico; sino como un acto de responsabilidad política.
Imaginemos la fuerza de un mensaje capaz de decir, antes de cuestionar al adversario:
"Antes de exigirles congruencia, debo comenzar por reconocer nuestras propias contradicciones. También nosotros cometimos errores. Yo mismo tengo una trayectoria que debe someterse al escrutinio público. No les pido que olviden el pasado; les pido que nos juzguen también por nuestra capacidad de reconocerlo, aprender de él y actuar de manera distinta."
Las críticas posteriores no serían necesariamente más verdaderas —la verdad seguiría dependiendo de la evidencia—, pero la palabra podría adquirir una autoridad distinta. Porque señalar las contradicciones del adversario requiere argumentos, reconocer las propias requiere carácter.
Una regla que debe aplicarnos a todos
Pero detener la reflexión ahí sería demasiado cómodo. Si utilizáramos este razonamiento exclusivamente contra Ricardo Anaya, terminaríamos reproduciendo aquello que pretendemos cuestionar, porque el principio debe funcionar en ambos sentidos.
Si Anaya utiliza las máximas de MORENA para confrontar al gobierno con sus propias promesas, quienes simpatizan o participan en ese movimiento deberían estar dispuestos a someterse al mismo examen.
¿Podemos reconocer una irregularidad cuando ocurre dentro del proyecto con el que simpatizamos? ¿Podemos cuestionar una decisión de quienes consideramos nuestros? ¿Podemos reconocer una virtud en el adversario? ¿Podemos exigir a los nuestros la misma congruencia que reclamamos a los demás?
Ahí la discusión deja de ser exclusivamente sobre Ricardo Anaya, MORENA o el gobierno de Claudia Sheinbaum. Se convierte en una pregunta sobre nuestra cultura política: ¿Defendemos principios porque verdaderamente creemos en ellos o solamente cuando resultan útiles para cuestionar al adversario?
Quizá la autoridad moral de cualquier político —gobierno u oposición— debería comenzar precisamente ahí: en su disposición a reconocer sus propias contradicciones antes de señalar las ajenas.
Del discurso a la conciencia
Regreso a la intervención de Anaya. Una parte importante de su discurso consiste en señalar aquello que considera problemas, contradicciones e irregularidades y, a partir de ello, formular propuestas.
Ese ejercicio forma parte de la deliberación democrática. Pero mientras lo escuchaba apareció otra pregunta: ¿Cuánto de la transformación que México necesita depende todavía de que alguien nos diga qué está mal?
Si existen cuestionamientos sobre cifras oficiales, corresponde revisar la evidencia. Si existen señalamientos sobre posibles irregularidades, corresponde investigarlos. Si existe una discusión sobre los límites entre regulación y censura, corresponde argumentarla jurídicamente.
La democracia necesita contraste, evidencia y discusión, pero incluso si pudiéramos determinar con precisión qué afirmaciones del discurso son correctas, cuáles requieren matices y cuáles no resisten el examen de los hechos, todavía quedaría una pregunta más profunda: ¿Qué hacemos como sociedad con aquello que llegamos a saber?
Porque conocer un problema no necesariamente significa comprenderlo, y comprenderlo tampoco garantiza transformarlo. Podemos identificar una práctica durante años y terminar acostumbrándonos a ella. Podemos indignarnos cuando la realiza el adversario y encontrar explicaciones cuando ocurre entre los nuestros.
Podemos exigir determinada conducta a quienes ejercen el poder y actuar de manera distinta en los espacios donde nosotros también tenemos responsabilidades. Ahí encuentro una diferencia fundamental: la información nos permite conocer, la comprensión nos permite relacionar aquello que conocemos con sus causas, consecuencias y contexto.
La conciencia introduce una pregunta adicional: ¿Qué responsabilidad tengo yo frente a aquello que ahora comprendo? y solamente después aparece la posibilidad de actuar.
Por eso le dije a mi amigo que un discurso como el de Anaya, pronunciado desde una autoridad moral distinta, podría tener una capacidad extraordinaria para generar conciencia. No porque la oratoria sustituya a los hechos, sino porque cuando conocimiento, palabra y congruencia coinciden, la comunicación puede convertirse en una poderosa herramienta de transformación.
Y entonces mi amigo miró hacia dentro
Fue precisamente en ese punto cuando mi amigo hizo una observación que cambió la dirección de nuestra conversación: "Excelente reflexión, pero la realidad es que no tenemos muchos buenos oradores en MORENA."
Su comentario me pareció especialmente valioso. No respondió desacreditando a Anaya. Tampoco defendiendo automáticamente al gobierno. Hizo algo diferente: miró hacia dentro.
Acabábamos de reconocer una capacidad en alguien situado en una posición política distinta y su reacción fue reconocer una carencia propia.
Le respondí: "Es lo que hace falta. Y hay que formarnos en eso también, pues facilitaría la conciencia de la que hablé."
Entonces escribió: "Así es, hace falta una escuela de cuadros." Nuestra conversación terminó ahí. La reflexión no.
Porque si aceptamos que la palabra puede comunicar ideas, organizar pensamiento y contribuir a generar conciencia, la pregunta ya no puede reducirse a si MORENA necesita mejores oradores. La pregunta es mucho mayor: ¿Qué clase de personas debería formar la política mexicana?
Una escuela para aprender a pensar
La expresión escuela de cuadros tiene una larga tradición política. Puede significar formación ideológica, preparación de dirigentes, capacitación electoral u organización partidista. Pero creo que una verdadera escuela de formación política debería aspirar a algo más profundo.
No debería comenzar enseñando respuestas. Debería comenzar enseñando a formular mejores preguntas. Porque si formar políticamente consiste únicamente en enseñar qué debe responder una persona cuando cuestionan a su movimiento, no estamos formando pensamiento, estamos entrenando repetición.
Una formación política integral tendría que proporcionar herramientas para comprender la historia, la economía, las instituciones, el territorio y los problemas públicos; desarrollar capacidades de argumentación, comunicación, escucha y negociación; y permitir comprender tanto las posibilidades como los límites del poder. Y, por supuesto, debería enseñar oratoria.
Porque las ideas necesitan ser comunicadas, una persona puede poseer conocimientos extraordinarios y las mejores intenciones, pero si es incapaz de explicar aquello que comprende, difícilmente podrá convertir ese conocimiento en comprensión colectiva. Pero precisamente porque la palabra tiene poder, necesita algo que la oriente: ética pública.
Un buen orador sin conocimiento puede convertirse en demagogo. Una persona con conocimiento que no sabe comunicar puede ser incapaz de compartir aquello que comprende. Y alguien que domina conocimiento y comunicación, pero carece de principios, puede utilizar ambas capacidades para manipular. Por eso sintetizaría una verdadera formación política en tres grandes capacidades: comprender, comunicar y actuar con congruencia.
Comprender la realidad antes de pretender transformarla.
Comunicar aquello que se comprende para favorecer la conciencia colectiva.
Y actuar con congruencia para que la palabra conserve autoridad.

¿Formamos candidatos o personas capaces de gobernar?
La política contemporánea ha profesionalizado extraordinariamente las campañas electorales. Encuestas, narrativas, posicionamiento, redes sociales, movilización, estructuras territoriales, comunicación y estrategia forman parte de una actividad cada vez más especializada.
Todo eso importa, yo mismo conozco el valor que puede tener la estrategia cuando está al servicio de un propósito; pero deberíamos preguntarnos si estamos formando mejores personas para ejercer el poder o solamente candidatos más competitivos para conquistarlo. Porque no necesariamente es lo mismo.
Ganar una elección exige determinadas capacidades, gobernar bien exige muchas más; transformar una sociedad exige todavía algo adicional: comprender profundamente a las personas, las instituciones y la realidad que se pretende transformar, el propio discurso que originó esta reflexión ayuda a entenderlo, Anaya demuestra que la palabra importa.
Un discurso bien construido puede ordenar argumentos, exhibir contradicciones y concentrar la atención pública, pero también permite advertir los límites de la oratoria. La elocuencia no sustituye al conocimiento, la persuasión no sustituye a la evidencia, la estrategia no sustituye a la ética y ganar una discusión no equivale a transformar una realidad.
Quizá ahí se encuentre una de las grandes tareas pendientes de nuestra política: no solamente formar candidatos capaces de ganar, sino personas capaces de comprender aquello que algún día pretenden gobernar.
También se aprende de quien piensa distinto
Al final, el valor que encontré en aquella intervención no estuvo solamente en estar de acuerdo o en desacuerdo con Ricardo Anaya, u discurso terminó funcionando como un espejo.
Permitió reconocer una capacidad en alguien situado en una posición política distinta, me llevó a preguntarme por la autoridad moral de quien ejerce la crítica, después obligó a regresar ese mismo cuestionamiento hacia quienes simpatizan con el proyecto criticado.
Y finalmente condujo nuestra conversación hacia una pregunta que ya no estaba explícitamente en el discurso: ¿Qué necesitamos aprender y qué clase de formación política necesitamos construir?
También se aprende de quien piensa distinto, reconocerlo no debilita nuestras convicciones, las somete a prueba y una convicción que solamente puede sobrevivir evitando el contraste difícilmente puede llamarse una convicción razonada.
La transformación también exige formación
Con el paso de los días, aquella conversación siguió dando vueltas en mi cabeza, mi conclusión terminó siendo mucho más amplia que la primera respuesta que di cuando mi amigo me preguntó qué opinaba del video. Sí, Ricardo Anaya pronunció un buen discurso. Sí, la política mexicana necesita mejores oradores, pero necesita mucho más que eso.
Necesita conocimiento, pensamiento crítico, preparación, escucha, responsabilidad y congruencia. Necesita personas capaces de defender convicciones sin convertir al adversario en enemigo. Capaces de reconocer errores, de distinguir entre lealtad y obediencia, entre comunicación y propaganda, entre persuasión y manipulación, entre ganar el poder y saber para qué ejercerlo.
Una elección puede otorgar legitimidad democrática para gobernar, pero no necesariamente conocimiento para hacerlo, mucho menos autoridad moral.
Tal vez una verdadera escuela de formación política debería recibir a sus alumnos con una advertencia escrita en la entrada: "Aquí no venimos a aprender qué pensar, venimos a aprender a pensar, después, a comunicar aquello que comprendemos, y finalmente, a actuar en consecuencia".
Porque saber puede informar, comprender puede generar conciencia, pero solamente cuando la conciencia transforma nuestra conducta comienza verdaderamente la transformación de la realidad.
A mi amigo
He reservado deliberadamente su nombre hasta el final, el amigo que me compartió aquella intervención del senador Ricardo Anaya y tuvo la sencillez de preguntarme "¿qué opinas?" se llama Heriberto García; comienzo a conocerlo y, también, a apreciarlo, es un hombre culto, cuyo conocimiento de la política no proviene únicamente de los libros. Su experiencia profesional y comercial, los distintos lugares del mundo que ha tenido oportunidad de conocer y las experiencias acumuladas a lo largo de esa trayectoria han enriquecido su comprensión no solamente de la política mexicana, sino también de la política internacional.
Pero hay algo que valoro particularmente, su conocimiento no necesita anunciarse permanentemente, se manifiesta en la conversación, en las referencias. en las experiencias que comparte, en las preguntas que formula, y en esa capacidad de decir algo aparentemente sencillo y dejar pensando al interlocutor mucho después de haber terminado de hablar.
Heriberto me compartió un video, me hizo una pregunta, conversamos sobre el discurso, la autoridad moral y la capacidad de comunicar, y terminó escribiendo una frase: "Hace falta una escuela de cuadros." de aquel pequeño intercambio surgió esta reflexión.
Han pasado algunos días desde entonces. Y quizá esa distancia me permitió comprender algo más: hay conversaciones que terminan cuando nos despedimos y otras que continúan trabajando dentro de nosotros; esta fue una de ellas.
Por eso, gracias, Heriberto García, por compartir el video, por preguntarme qué pensaba y, sobre todo, por la conversación que vino después.
En un tiempo en el que abundan las respuestas inmediatas, valoro cada vez más a las personas capaces de provocar preguntas, porque el conocimiento también puede construirse así: una persona comparte una idea, otra la recibe, ambas la someten al diálogo y, de ese encuentro, puede surgir una comprensión que antes no existía.
Quizá por eso necesitamos recuperar el valor de conversar, no solamente para defender aquello que ya pensamos, sino para permitir que el encuentro con otra experiencia, otra mirada e incluso otra posición política nos obligue a pensar mejor, porque aquel video comenzó con un discurso político, la conversación nos llevó a la oratoria, la oratoria nos llevó a la autoridad moral, la autoridad moral nos llevó a la conciencia, y la conciencia terminó llevándonos a la formación.
Tal vez ese sea el verdadero valor de una buena conversación: comenzar hablando de lo que alguien dijo y terminar preguntándonos en quiénes necesitamos convertirnos.
